“No hay nada más necesario para un escritor que tener incorporado un detector de porquerías a prueba de golpes”

Ernest Hemingway

 Los periódicos no son literatura. Pero tampoco lo es la mayor parte de la literatura. Escribir para los periódicos es distinto de escribir una novela o un relato corto, pero no tan distinto como a algunos les gusta creer. La buena escritura de cualquier tipo tiene unas características que la distinguen. Es clara, fácil de leer, emplea un lenguaje fresco, estimula y entretiene. Cualidades todas ellas que comparten una crónica periodística bien escrita y una novela bien escrita. Y que deben estar presentes sea cual sea la lengua en que se escribe.

Y ahora una mala noticia. Aprender a escribir es una labor ardua y solitaria. Todos conocemos a personas que afirman que desean escribir. Muchas veces, el único deseo de esas personas es presumir que son escritores. Y lo que no quieren de ninguna manera es pegarse al asiento y no levantarse hasta haber cubierto de palabras una cuartilla o una pantalla de ordenador. Pero eso es lo que hay que hacer. Una y otra vez. La manera de progresar y desarrollar el talento que se pueda tener no es otra que escribir centenares y centenares de informaciones y cometer errores. Omitiremos aspectos de vital importancia e incluiremos otros que no hacen al caso; al tener mediado un texto, descubriremos que está mal encaminado y deberemos comenzarlo desde cero; escribiremos con torpeza, con pomposidad o con rigidez; entregaremos noticias confusas o irrelevantes; y pondremos sobre el papel o la pantalla párrafos enteros tan absurdos que, si tuviéramos que leerlos en voz alta, nos producirían tanta vergüenza que la voz se nos ahogaría a media frase.

Y ahora, las buenas noticias. Con el tiempo, a base de estar en un buen periódico y de mantener los oídos bien abiertos, a base de estudiar materiales buenos y malos, y de hacernos una autocrítica implacable, comenzaremos a vislumbrar el camino. Todavía habrá ocasiones en que alguna información se nos resistirá; pero, en general, cuanto más se escribe, mayor fluidez se adquiere. La escritura es como un músculo y se fortalecerá si se ejercita día tras día; así se llegará a perder menos tiempo con salidas en falso y siguiendo rutas equivocadas o escribiendo textos con un ritmo inadecuado para su longitud final; y se perderán menos energías tratando de idear frases retorcidas cuando puede quedar mejor una frase sencilla.

Se descubrirá, además, un elemento esencial sin el cual nadie puede llamarse a sí mismo escritor: la propia voz. Se dejará de experimentar con estilos demasiado elaborados, demasiado formales o coloquiales en exceso. El periodista habrá dado con un estilo espontáneo que se adapta a su forma de ser, que es coherente, está dotado de ritmos y expresiones que se reconocen como propios y que si se lee en voz alta, y ésta es la prueba de fuego, sonará como una versión levemente pulida de su forma de hablar. Será su propio estilo. No será artificial ni afectado, ni tampoco una imitación. Como es lógico, en él se detectará la huella de los escritores admirados por el periodista, de su pasado, su educación, sus lecturas, etc. Pero estará basado en el empleo personal que él haga de los vocablos y los modismos, así como en su particular manera de construir frases de determinada longitud. Esta y el ritmo interno de las frases y los párrafos serán una especie de firma. Aunque más legible.

Fuente: El Periodista Universal. Capítulo 9: “Escribir para los periódicos”. Pág.: 135 a 164. Editorial: Siglo XXI de España Editores S.A. Primera Edición, mayo de 1999.

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