La intriga no tiene porque soportarse necesariamente en la mentira
La intriga no tiene porque soportarse necesariamente en la mentira

El internet y mundo 2.0 han sido un gran avance para la humanidad y no en vano los medios de comunicación han tenido que adaptarse a esta, cada vez más creciente, forma de posicionar la información. La asombrosa inmediatez con la que el contenido llega a los usuarios, la necesidad de un menor contenido textual pero con apoyo de recursos multimedias y la exorbitante pegada que tiene este medio en la sociedad actual, son algunas de las características positivas que hacen de esta red de comunicación un campo para estudiarlo constantemente.

Esta realidad convertida en virtual, ha permitido que hoy día, los medios de comunicación se masifiquen exponencialmente en este campo. Cada vez son más los medios digitales que empiezan a competir, uno con otros, para ganar una mayor cantidad de seguidores o usuarios, que a su vez les permitan obtener la necesaria rentabilidad en un mercado tan “competitivo”.

Es así, como las corporaciones mediáticas de la era digital e incluso aquellas tradicionales que también incursionan en el mundo 2.0, se han valido de múltiples estrategias para captar la atención de los millones de depredadores de información en la web y en las redes sociales. Este fenómeno no pareciera ser un problema si se analiza sólo desde la necesidad de recibir información a gran escala, pero si nos preocupamos por su calidad, nos daremos cuenta que esa dinámica conlleva a los medios a perder lo más importante en el oficio periodístico: la credibilidad.

El pragmatismo se apodera entonces de la divulgación del contenido. Esa frase: “no importa el medio para llegar al fin”, resuena en los pequeños espacios dedicados para copiar y pegar contenido, construirlo en el menor de los casos, y lo que es peor aún, falsearlo para conseguir más visitas o como lo creen los empresarios para “vender más“.  

Es asombroso como un usuario común puede toparse con gran frecuencia con esos llamados “titulares” que dan cuenta de un supuesto hecho noticioso que no termina siendo lo que verdaderamente es. Vender en base al engaño, el sensacionalismo y el amarillismo es la cruel realidad de esta tendencia digital que ha soportado algunos medios.

Con ello, dejan a un lado las principales funciones de un titular que debe informar y atraer al lector sin ensuciarle la cara. Ese primer contacto de los lectores con nuestro trabajo, debe generar un amor genuino, sin falsedades, que lo aliente a continuar leyendo para que se informe, se eduque y se entretenga sanamente. No podemos dejar que la responsabilidad sólo sea una utopía, aunque tengamos la consciencia que la acción informativa siempre está determinada por algún interés y que la verdadera quimera es la imposible objetividad.

Quienes estudiamos periodismo o quienes se dedican en buena lid a comunicar, no lo hacemos para convertirnos en simple vendedores de basura. Respeto enormemente a esos millones de seres humanos que día a día se dedican a comercializar productos para nuestro necesario consumo, pero la información no puede ser vista nada más como una mercancía. Quien no entienda que es un derecho que tenemos y que debemos recibir con calidad, que vaya a vender fango a otra parte.

Tratemos de afianzar el sentido ético como periodistas, comunicadores y estudiantes de la mejor profesión del mundo como la catalogó el Gabo. Es necesario crear un sentido crítico que nos permita diferenciar entre lo que es informar con responsabilidad y aquellas nefastas acciones de divulgar un contenido que termina siendo dañino, aunque lo disfracen en una campaña de intriga escudada en el  libertinaje y el maltrato al oficio.

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