La incidencia delictiva en Estados Unidos disminuyó, pero ello no se refleja en los contenidos noticiosos. Los medios de comunicación han abdicado de su responsabilidad social, estimulando el miedo, la mano dura policial y la xenofobia. Razones estructurales explican cómo informar sobre casos criminales se ha convertido casi en una forma de entretenimiento. Hay, con fortuna, opciones para revertir esta tendencia —que ahora va imponiéndose también en América Latina

 

En Estados Unidos, la percepción pública acerca del crimen y la inseguridad depende mucho del tratamiento que dan los medios de comunicación a estos temas, y sobre todo los medios locales, que son los que proveen la mayor parte de las noticias que reciben los estadounidenses. Casi nadie —ni la misma gente que produce los reportajes— defiende su manera de informar sobre el crimen. Pero los noticieros televisivos —por mucho, la fuente emisora de noticias más importante— responden a exigencias que al cabo determinan a sus historias, no obstante las inquietudes de casi todos los que trabajan en ellas. Es un problema serio. Los noticieros terminan produciendo distorsiones en cómo la gente piensa sobre el crimen; las relaciones entre blancos, negros y latinos; la seguridad pública, y las políticas públicas en cuanto a justicia, policía y prisiones. Es un fenómeno semejante el que vive América Latina.

En Estados Unidos, alguien que enciende su televisor mientras se transmiten los programas de noticias locales probablemente verá crimen. El 30 por ciento de los reportajes tratan de crimen y suele destacárseles, apareciendo muy temprano en el programa, y el 70 por ciento de los reportajes al principio del noticiero tienen que ver con dicho tema. Así, aun cuando el índice delictivo está bajando en Estados Unidos, los contenidos sobre crimen van en aumento.

Un ejemplo, por desgracia, típico: una emisora local abrió su programa de noticias con la historia del asesinato de una mujer que trabajaba en una tienda tipo Seven-Eleven, a pesar de que había ocurrido el día anterior y a 250 kilómetros del área cubierta por la emisora.

Los noticieros locales de Nueva York, a su vez, muestran hasta crímenes cometidos en Australia, si son lo suficientemente sensacionales. Tales prácticas han generado el dicho “if it bleeds, it leads” —“si sangra, encabeza las noticias”—. Y, a propósito, según las encuestas, los noticieros locales son la fuente de información en la que el público de Estados Unidos confía más.

En los periódicos regionales el tema recibe también un espacio desproporcionado; ocupa el tercer lugar, sólo detrás de política/gobierno y deportes.

¿Cómo son, exactamente, los reportajes televisivos sobre el crimen? Habitualmente, el reportero, o grupo de reporteros, llega a la escena del crimen, o al lugar donde ha sido aprehendido alguien. Transmite en vivo. Muestra, si puede, a la persona detenida. Habla con testigos en la calle o con vecinos de la víctima. Casi siempre se trata de un asesinato, una violación u otro delito grave cometido por extraños. Cuando tiene que ver con sexo o crueldad extrema, muchas veces lo publicitan con anticipación, presentando avances. No se aporta contexto alguno para informar al televidente, por ejemplo, cuán común es este tipo de delito. Las consecuencias de esta abdicación de responsabilidad son evidentes:

Primero, fomenta la percepción erróneamente alta sobre el nivel del crimen (y, por lo tanto, suele aumentar la de inseguridad). Ciertos estudios nos dicen que gente que ve muchas noticias por televisión tiene mucho más miedo, así como una percepción mayor de inseguridad, que aquella que recibe noticias de otras fuentes.

Segundo, aumenta el apoyo público hacia políticas de mano dura. Casi siempre los noticieros presentan los hechos como aislados y aberrantes, fruto de la existencia de gente mala. En general, no se enfocan en los problemas del sistema que pueden estar estimulando el crimen —un mal sistema educativo, el desempleo, la falta de lugares de esparcimiento sano para jóvenes después del colegio y demás—, ni se presentan soluciones que contribuyan a reducirlo. Es un asunto policial y punto. Entonces, la gente que consume muchas noticias televisivas apoya castigos más severos para delincuentes juveniles. Tal mirada simplista y descontextualizada fomenta el apoyo a la pena de muerte, las cárceles inhumanas o a sentencias muy largas.

Tercero, contribuye al racismo. Un caso donde la víctima es blanca y el supuesto victimario afroamericano o latino es candidato seguro a ocupar un espacio prominente en el programa noticioso, aunque no son frecuentes estos crímenes. Casi siempre víctima y victimario son de la misma procedencia racial, y las víctimas de crímenes violentos suelen ser, en porcentajes desproporcionadamente elevados, gente de color. Pero los black-on-white o brown-on-white son los delitos que ocupan la mayor parte de espacio televisivo, lo cual retroalimenta estereotipos y la incomprensión entre las razas, y nutre el rechazo hacia la inmigración y los inmigrantes.

¿Por qué se le da al crimen una cobertura tan mala, indolente, irresponsable e incorrecta? Hay cuatro razones estructurales.

La primera es la falta de recursos —tiempo, dinero y personal—. Hay noticieros donde les toca a los periodistas entregar hasta cinco notas diarias. Cubrir el crimen de esta manera le permite a la emisora contratar menos gente, aparte de que los 90 segundos que, como máximo, se le dedican a cada nota no exige mucho más. En suma, seguir la sangre es una forma de ahorrar tiempo, dinero y personal. Esa necesidad de economizar es artificiosa, pues los noticieros ganan mucho dinero —casi siempre más que cualquier otro programa—. El problema es que normalmente se espera que sean ellos los que subsidien al resto de la programación, y cuando hay dinero para gastar en el propio noticiero se acostumbra invertirlo en tecnología para que los periodistas lleguen más rápido y transmitan con los menores problemas; casi nunca se utiliza para contratar recursos humanos.

La segunda razón estructural es que los directores prefieren invertir en tecnología para aventurarse en una competitividad desenfrenada. Hay estudios que demuestran que la porción del noticiero dedicado al crimen responde no a la incidencia de éste, sino a la competencia entre las emisoras dentro de su mercado específico. Los noticieros han decidido que conquistan al público cuando son los primeros —y, si se puede, en vivo— con la noticia más sensacional —normalmente, el delito del día—, y por eso buscan hacerse de las herramientas que faciliten ese estilo de periodismo.

Durante las semanas sweeps (cuando se mide la audiencia de cada programa, cosa que determina cuánto se puede cobrar por publicidad) hay un aumento notable en las noticias más sensacionalistas y violentas. Pero aún en semanas normales, tales historias son el pan diario para ganar público. Todos quieren estar primero con el cuento del que todo el mundo habla: “¿Escuchaste de la anciana asesinada en su departamento?” “¿Escuchaste de la violación en el parque?” Es un círculo vicioso donde los noticieros alimentan el miedo del público, que después busca más detalles en estos espacios.

Con esta lógica, los segmentos informativos se han vuelto casi programas de entretenimiento; muestran videos locos de donde provengan, cuentan historias que podrían ser de Ripley aunque nada tengan que ver con una noticia. La dinámica de entretener y escandalizar al público provoca que el crimen reciba un trato irresponsable. Muestran reportajes sobre homicidios sensacionales aunque hayan tenido lugar en Fiji y para cubrir casos ocurridos más cerca de casa imitan a las telenovelas policiales: luces de patrullas, muchedumbres tratando de aproximarse al cuerpo, siluetas humanas trazadas sobre el pavimento.

La tercera es la razón estructural más insidiosa y sutil: el ansia por congraciarse con el segmento sociodemográfico al que desean llegar las empresas que se anuncian en la televisora. Ésta consiente a cierto tipo de televidentes presentándoles un perfil delictivo que empate con sus prejuicios.

Tenemos el caso de Canadá, donde, como en otros países, la gran mayoría de los homicidios —83%— son cometidos por familiares o conocidos y, sin embargo, casi todos los que cubre la televisión son callejeros. ¿Por qué? Porque la gente se encuentra aterrorizada, fascinada, obsesionada por el crimen callejero, y se imagina, “podría haber sido yo”; en cambio, la posibilidad de una muchacha de ser aniquilada por su novio, que es mucho más alta, no ocupa el mismo espacio mental, especialmente entre el grupo demográfico al que se desea atraer.

Las personas establecen una relación emocional con el crimen callejero que no tiene con otro tipo de crímenes. El índice de delitos de cuello blanco, por ejemplo, es muchísimo mas alto de lo que aparece en los noticiarios, pero casi nunca se le presta atención porque no tiene resonancia emocional en el televidente.

También los periódicos acostumbran presentar patrones delictivos que tienen eco en el lector, sean o no sean reales. Por caso, en los años setenta los periódicos de Nueva York publicaron una supuesta ola de crímenes en contra de ancianos. Las notas sobre el tema aumentaron de una a cuatro por semana en cada medio y los políticos respondieron con mano dura, aumentando as penas para quienes asaltaban ancianos. El problema fue que no hubo tal ola y que, de hecho, las cifras de homicidios de ancianos habían caído 19% en ese periodo.

En última instancia, el deseo de consentir a la audiencia afecta los temas seleccionados. El lector o televidente se compadece e identifica con la víctima, no con el victimario, así es que no expresa mucho interés en temas como el de si el detenido es la persona correcta, si su juicio fue justo o cuáles son las condiciones de la cárcel. De la misma manera, hay fallas enormes en el sistema de justicia que reciben poca atención porque se supone que no interesan al público. Todo lo anterior contribuye a distorsionar las políticas públicas sobre seguridad y crimen.

La cuarta razón estructural es la sobredependencia de fuentes oficiales. Casi todos los medios obtienen su pauta diaria de la radiofrecuencia policial, la cual tienen encendida 24 horas diarias. Para los periodistas que cubren la violencia —quienes tienen que hacer varios reportajes al día— lo más fácil es depender sólo de la policía, por lo que, además, se aseguran de no ofenderla con reportajes que cuestionen su desempeño. Según lo reportado por los medios, los policías casi siempre aprehenden al hombre correcto, y es que un periodista que no va más allá de la fuente policial para obtener sus notas está obligado a creerle —en consecuencia, se equivoca en un buen porcentaje de las ocasiones.

Los medios han resuelto cubrir el crimen de esta forma porque se supone que es la que mejor les permite afrontar sus retos. Ha habido experimentos célebres para realizar otro tipo de noticieros (uno de ellos empezaba con un reportaje sobre el financiamiento al sistema educativo y no con la historia de un cadáver cubierto por una sábana), pero los resultados han sido relativos. La verdad es que la gran mayoría de los noticieros están casados con la fórmula del manejo sensacionalista.

¿Debe concluirse que no hay otra manera de presentar este tipo de información? No. Hay, sin duda, otra manera.

En principio, puede agregarse una o dos frases de contexto a aquellas historias. Lo más importante en la cobertura de cada acto delictivo es precisar cuán común es y quiénes son las víctimas más frecuentes. Sería posible también reducir la certeza con la cual se presentan las versiones oficiales del crimen, reparando en si hay razones para dudar de que la persona detenida sea la que cometió el crimen. Es importante, asimismo, incluir información sobre qué pudo haber contribuido a que se cometiera —¿fue muy fácil obtener el arma? ¿Hacen falta lugares de esparcimiento sano para jóvenes por la tarde, para alejarlos de la calle y las pandillas?

Un noticiero no tiene que destinar tanto personal a cubrir este tipo de contenidos; en ocasiones envía a cuatro periodistas a cubrir un solo crimen, cuando podría dedicar uno de sus equipos con un reportero joven para ir, digamos, de cuerpo en cuerpo. Esto liberaría a los periodistas experimentados y les permitiría cubrir el asunto de otra manera:

1) presentar el delito sin cadáveres;

2) basar un reportaje no en un caso en particular, sino en un tema relevante de seguridad pública —¿hay un programa exitoso que ha disminuido el crimen juvenil en otra ciudad, que puede funcionar en la nuestra? ¿De dónde provino el arma utilizada en tal homicidio? ¿Qué ocurre con los niños encarcelados con adultos; tienen más o menos proclividad a delinquir una vez liberados? ¿Qué tal funciona el abogado del inculpado?;

3) tal vez contar la historia de alguien preso por un crimen que no cometió —un periodista competente puede lograr que el público se interese y se sienta emocionalmente ligado a un hombre acusado injustamente—, o

4) “¿cómo usted puede evitar ser víctima de violencia doméstica?”.

El trabajo principal de la televisión es enganchar al televidente emocionalmente, pero hay maneras de conseguirlo sin recurrir a la superficialidad. Los sucesos de la seguridad pública pueden cubrirse de manera útil, veraz y trascendente. Con ello el público se sentiría —y estaría— más seguro.

Tina Rosenberg. Obtuvo el grado de maestría por la Northwestern University’s Medill School of Journalism. Es editorialista de The New York Times desde 1996, especializada en asuntos internacionales. Escribe, además, para la revista dominical de dicho diario y para New Yorker, Rolling Stone, Foreign Policy, The Atlantic, Harper’s y The New Republic. Su primer libro fue Children of Cain: Violence and the Violent in Latin America (1990). Con The Haunted Land: Facing Europe’s Ghost After Communism ganó el premio Pulitzer, el National Book Award y el New York Public Library Helen Bernstein Award for Excellence in Journalism. Y fue finalista para otro Pulitzer por su trabajo como editorialista en The New York Times. Recibió la prestigiosa beca genius grant de la Fundación Mac Arthur.

Con el permiso de la autora, este ensayo fue extraído de:

LARA KLAHR, M., LÓPEZ PORTILLO VARGAS, E. (2004). MEDIOS Y VIOLENCIA: Seguridad pública, noticias y construcción del miedo. Instituto para la Seguridad y la Democracia, AC/ Centro de Investigación y Docencia Económicas. México.

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